La película «El Origen del Planeta de los Simios» ha llegado muy tarde a nuestros cines ya que tristemente esto ya es el planeta de los simios. No sé cómo será el largometraje, pero se podrían haber ahorrado un dineral sacando cámaras a la calle durante estos últimos meses.
Mis muy queridos primates, nos dice el gran rey patriarca de los monos, la situación es sumamente inestable: existe una volatilidad en los activos derivados de las reservas y la deuda interna no consigue alcanzar unos mínimos que garanticen una tesorería capaz de inmovilizar un superávit con interés suficiente para emprender ajustes estructurales en los que los anticipos de facturación sostengan la capitalización de la plusvalía dirigida a la confianza de los inversores mono. Pero eso ustedes ya lo sabían, ¿verdad? ¿Qué?, ¿qué usted se dedica a cultivar trigo para hacer pan y que sospecha que no va con usted aquello que no ha entendido? Pues si se hubiese dedicado a estudiar, bonobo remolón, ahora podría dedicarse a lo que se dedican los monos normales.
Si no te gusta te puedes manifestar, afirma: claro que sí, pero te puedes manifestar de la siguiente manera: usted, orangután, póngase ahí y despioje a ese macaco de ahí mientras esos gibones harán la danza de la grosella. ¿Cómo?, ¿que lo que usted quería era protestar en serio?, que intentaba cambiar ¿¡el qué!? Quite, quite, ¡agentes gorilla: limpien y desinformen!
En éstas que viene a Mandril el Santo Padre Babuino a hacerse con la ciudad unos días y los monos del lugar se preguntan, ¿no se suponía que este país era aconfesional? Y la respuesta nos llega tan contundente como esclarecedora: Pues claro que es aconfesional, por supuesto, pero es que están evangelizando y dejan mucho dinero, las dos cosas. Ah, bueno, ¿entonces qué?, se preguntan los monitos. ¿Cómo que qué?, que lo paguéis, es una inversión económica y espiritual. ¿Quiénes, nosotros? Pues claro, no van a invertir ellos en sí mismos. Jo, dice usted la palabra “inversión” de una manera que nos resulta imposible negarnos.
Y aquí también puede usted manifestarse si no está de acuerdo. ¿Seguro? Sí, sí, seguro, se puede manifestar usted legalmente. ¿De verdad?, ¿no me estará tomando el pelo? Que sí, manifiéstese. No me lo creo, oiga. ¡Qué mono desconfiado!, que sí, que le dejo. Bueno, venga, pues me manifiesto ya que me lo pone así. ¡Que noooooo!, ¡que era broma!, que os voy a arrinconar para que observéis a estos macacos desfilar, a ver si con suerte le mordéis la oreja a alguno y os retrato a mi antojo más fácilmente. Ah, y yo no descartaría alguna actuación estelar de la banda de gorilas, porque no han dejado ni medio gramo de cocaína en el almacén de la comisaría.
Y mientras tanto, cada cierto tiempo prudencial, el gran rey patriarca de los monos nos pide que vayamos a votar. Votar para descargar nuestra conciencia y pasar a llevar la responsabilidad de la suya. El sistema que nos propone es lo suficientemente perfecto para que no ocurra nada extraño y la cosa no cambie nunca, porque ¿quién quiere que cambie algo? ¿Acaso no somos ya monos gorditos que sueñan cosas preciosas? El gran rey patriarca, por si acaso, decide no tentar a la suerte y le da otra vuelta de tuerca al sistema para que elijamos libremente y en cómodos plazos al gibón 1 o al gibón 2. Oiga, es que yo quería votar a ese chimpancé de ahí, sí, a ése que me habla normal, dice un mono pequeñín desde una esquina. Para casos como el del monito que acaba de interrumpir mi discurso democrático, aclara el gran rey patriarca, hemos creado a los gibones 3 y 4, que tratarán de aglutinar a todos los monos que quieran votar mal, digooo, diferente.
Por otro lado tenemos los populares platanitos circenses que completan al pan en el impuesto panem et circenses actual (aunque aquí quedaría mejor «poco pan y pésimo circo», que decían los simpáticos Def Con Dos). Entre los sodomizadores neuronales a nuestra primate disposición destaca Telecinco, un canal de televisión que enseña a premiar al estólido y a castigar al incapaz de hacerse entender mediante gruñidos explosivos. Pero hay otro sodomizador mucho más difícil de evitar: er jurgo. El fútbol se ha consolidado como evento dirigido hacia el mono de hoy, el mono actual que pisa fuerte. Las federaciones, las televisiones, los dirigentes y la prensa han acordado en pacto comanditario centrarse en que el aficionado peludo y arbóreo consuma fútbol a tope, y encima lo venden como si este deporte aun guardara los valores (los buenos y los malos) de la época premono. Atended, amigos mono, gritan los que siempre comunican, el ejemplar espalda plateada matrícula de Ciudad Real estrenará el próximo sábado… ¡zapatillas nuevas! Bieeeen. Escuchad, pueblo mono, aquel país en vías de desarrollo nos manda a su nueva perla titi, que ha costado... ¡ochocientos millones! Bieeeen. Mirad, monos, a este simio goleador le han hecho unas fotos besándose en el hocico con... ¡una chica! Bieeeen. También podéis ver esforzados chimpancés en bicicleta, gorilas lanzando piedras o sonrientes lemures nadando florido y al unísono, pero tampoco prestéis mucha atención, que fuera del fútbol todo es trampa y dopaje.
La nueva filosofía común se basa en que aceptemos lo antes posible que somos monos, pero siempre dejando claro que usted es un mono especial. Es críticamente importante que asumamos profundamente nuestra singularidad para que no necesitemos demostrarla. Las comparaciones son odiosas: todos somos igual de singulares. Salirse de la horma es agresivo y educamos a nuestros tiernos chimpancés en sentirse violentados al toparse con un mono que no hace lo que hay que hacer. El chimpancé lo entiende y aísla al mono estrafalario pensando que le hace un favor. Acaso no quiere salirse de la sociedad con esa actitud tan extravagante, se dice el mono común, porque hay que ser raro para no querer quedarse aquí arriba, agustito en el árbol.