Pestañas

domingo 21 de agosto de 2011

El planeta de los simios

La película «El Origen del Planeta de los Simios» ha llegado muy tarde a nuestros cines ya que tristemente esto ya es el planeta de los simios. No sé cómo será el largometraje, pero se podrían haber ahorrado un dineral sacando cámaras a la calle durante estos últimos meses.

Mis muy queridos primates, nos dice el gran rey patriarca de los monos, la situación es sumamente inestable: existe una volatilidad en los activos derivados de las reservas y la deuda interna no consigue alcanzar unos mínimos que garanticen una tesorería capaz de inmovilizar un superávit con interés suficiente para emprender ajustes estructurales en los que los anticipos de facturación sostengan la capitalización de la plusvalía dirigida a la confianza de los inversores mono. Pero eso ustedes ya lo sabían, ¿verdad? ¿Qué?, ¿qué usted se dedica a cultivar trigo para hacer pan y que sospecha que no va con usted aquello que no ha entendido? Pues si se hubiese dedicado a estudiar, bonobo remolón, ahora podría dedicarse a lo que se dedican los monos normales.

Si no te gusta te puedes manifestar, afirma: claro que sí, pero te puedes manifestar de la siguiente manera: usted, orangután, póngase ahí y despioje a ese macaco de ahí mientras esos gibones harán la danza de la grosella. ¿Cómo?, ¿que lo que usted quería era protestar en serio?, que intentaba cambiar ¿¡el qué!? Quite, quite, ¡agentes gorilla: limpien y desinformen!

En éstas que viene a Mandril el Santo Padre Babuino a hacerse con la ciudad unos días y los monos del lugar se preguntan, ¿no se suponía que este país era aconfesional? Y la respuesta nos llega tan contundente como esclarecedora: Pues claro que es aconfesional, por supuesto, pero es que están evangelizando y dejan mucho dinero, las dos cosas. Ah, bueno, ¿entonces qué?, se preguntan los monitos. ¿Cómo que qué?, que lo paguéis, es una inversión económica y espiritual. ¿Quiénes, nosotros? Pues claro, no van a invertir ellos en sí mismos. Jo, dice usted la palabra “inversión” de una manera que nos resulta imposible negarnos.

Y aquí también puede usted manifestarse si no está de acuerdo. ¿Seguro? Sí, sí, seguro, se puede manifestar usted legalmente. ¿De verdad?, ¿no me estará tomando el pelo? Que sí, manifiéstese. No me lo creo, oiga. ¡Qué mono desconfiado!, que sí, que le dejo. Bueno, venga, pues me manifiesto ya que me lo pone así. ¡Que noooooo!, ¡que era broma!, que os voy a arrinconar para que observéis a estos macacos desfilar, a ver si con suerte le mordéis la oreja a alguno y os retrato a mi antojo más fácilmente. Ah, y yo no descartaría alguna actuación estelar de la banda de gorilas, porque no han dejado ni medio gramo de cocaína en el almacén de la comisaría.

Y mientras tanto, cada cierto tiempo prudencial, el gran rey patriarca de los monos nos pide que vayamos a votar. Votar para descargar nuestra conciencia y pasar a llevar la responsabilidad de la suya. El sistema que nos propone es lo suficientemente perfecto para que no ocurra nada extraño y la cosa no cambie nunca, porque ¿quién quiere que cambie algo? ¿Acaso no somos ya monos gorditos que sueñan cosas preciosas? El gran rey patriarca, por si acaso, decide no tentar a la suerte y le da otra vuelta de tuerca al sistema para que elijamos libremente y en cómodos plazos al gibón 1 o al gibón 2. Oiga, es que yo quería votar a ese chimpancé de ahí, sí, a ése que me habla normal, dice un mono pequeñín desde una esquina. Para casos como el del monito que acaba de interrumpir mi discurso democrático, aclara el gran rey patriarca, hemos creado a los gibones 3 y 4, que tratarán de aglutinar a todos los monos que quieran votar mal, digooo, diferente.

Por otro lado tenemos los populares platanitos circenses que completan al pan en el impuesto panem et circenses actual (aunque aquí quedaría mejor «poco pan y pésimo circo», que decían los simpáticos Def Con Dos). Entre los sodomizadores neuronales a nuestra primate disposición destaca Telecinco, un canal de televisión que enseña a premiar al estólido y a castigar al incapaz de hacerse entender mediante gruñidos explosivos. Pero hay otro sodomizador mucho más difícil de evitar: er jurgo. El fútbol se ha consolidado como evento dirigido hacia el mono de hoy, el mono actual que pisa fuerte. Las federaciones, las televisiones, los dirigentes y la prensa han acordado en pacto comanditario centrarse en que el aficionado peludo y arbóreo consuma fútbol a tope, y encima lo venden como si este deporte aun guardara los valores (los buenos y los malos) de la época premono. Atended, amigos mono, gritan los que siempre comunican, el ejemplar espalda plateada matrícula de Ciudad Real estrenará el próximo sábado… ¡zapatillas nuevas! Bieeeen. Escuchad, pueblo mono, aquel país en vías de desarrollo nos manda a su nueva perla titi, que ha costado... ¡ochocientos millones! Bieeeen. Mirad, monos, a este simio goleador le han hecho unas fotos besándose en el hocico con... ¡una chica! Bieeeen. También podéis ver esforzados chimpancés en bicicleta, gorilas lanzando piedras o sonrientes lemures nadando florido y al unísono, pero tampoco prestéis mucha atención, que fuera del fútbol todo es trampa y dopaje.

La nueva filosofía común se basa en que aceptemos lo antes posible que somos monos, pero siempre dejando claro que usted es un mono especial. Es críticamente importante que asumamos profundamente nuestra singularidad para que no necesitemos demostrarla. Las comparaciones son odiosas: todos somos igual de singulares. Salirse de la horma es agresivo y educamos a nuestros tiernos chimpancés en sentirse violentados al toparse con un mono que no hace lo que hay que hacer. El chimpancé lo entiende y aísla al mono estrafalario pensando que le hace un favor. Acaso no quiere salirse de la sociedad con esa actitud tan extravagante, se dice el mono común, porque hay que ser raro para no querer quedarse aquí arriba, agustito en el árbol.

domingo 1 de mayo de 2011

Ay si mi arroba fuera viento

Las encuestas de este blog, que eran un servicio de miarroba, van a tener que suspenderse por dos razones: he descubierto que una molesta publicidad que brotaba de la parte inferior izquierda de la página aparecía por usar servicios de miarroba (weborama); y porque hoy, al entrar en el blog, el navegador chrome me ha advertido de que el sitio no era seguro, también por su culpa.
La decisión ha sido difícil porque miarroba me envía un correo todos los años para felicitarme el cumpleaños y eso une mucho. A la espera de toparme con un servicio de votaciones más normal queda la reanudación de las encuestas.

sábado 30 de abril de 2011

El último papelito

Ante la queja de un lector imaginario, hoy vamos a ser muy breves con el texto.

Seguro que habrán visto en multitud de ocasiones personas que se dedican a entregar publicidad en mano por la calle. Se colocan en las esquinas de las calles concurridas, en las bocas del metro, en las puertas de los centros comerciales, etc, y te ofrecen un papel que si quieres coges. Si nunca han visto a ninguno pueden seguir leyendo pero sólo si me creen: existen, es un trabajo remunerado. La observación que quiero compartir con ustedes no trata sobre la educación, el medio ambiente o la idoneidad del recipiente del mensaje, trata sobre una circunstancia que nunca me ha ocurrido y que no deseo experimentar.

Usted se cruza con un repartidor de dicha publicidad y éste le ofrece un papelito. Usted adivina que es un repartidor de publicidad porque en la otra mano tiene muchos más papelitos. Ahora bien, de tanto dar papelitos en algún momento tendrá que dar el último. ¿Cómo sucede la entrega del último papelito?, ¿cómo describir el momento en el que a una persona le es ofrecido un papelito sin que entienda que es publicidad? No lo sé, nunca me ha pasado. Si por la calle una persona me ofrece en silencio un papelito, y no deduzco que es publicidad, pensaré que estoy dentro de una trama de espionaje. Le miraré a los ojos e intentaré decirle por telepatía: no sé la contraseña secreta, lo siento, ¿el perro de Ramírez no tiene rabo? Y muy probablemente el repartidor de publicidad no sabrá leer mi mente, lo cual derivará en una situación muy tensa, con mucha cara de idiota por ambas partes.

Es por esto por lo que animo a todos los repartidores de publicidad en mano a que jamás den el último papelito. Cuando se percaten de que les quedan diez o doce provéanse de nuevo, y cuando no les queden más en la mochila, no entreguen el último, tírenlo a la papelera como ha hecho la mayoría de sus receptores.

martes 26 de abril de 2011

Riña en chufla menor y encuesta tropical

Tras dos años y dos días la encuesta anterior, “¿una persona previsible es paradigma de la libertad?”, ha sido cerrada con un resultado muy igualado (aprieten sobre la palabra pantalón para ver los resultados: pantalón). La frecuencia de voto ha sido menor que otras veces, con un voto cada casi 12 días. Evidentemente, esta inusual falta de participación se explica por lo sesudo del tema, ya que declinarse por una u otra opción habrá creado más de un dolor de cabeza. Les imagino rellenando tablas de pros y contras, colocando post-it en la puerta de la nevera, apilando libros de filosofía junto al ordenador y maldiciendo por no poder pagarse un billete de avión a Nepal. Al ser imposible separar los precipitados votos del primer año de encuesta deberíamos asumir un error, pero no lo vamos a hacer porque, al fin y al cabo, representa a aquellos que se empaparon bien del carpe diem de Robin Williams, del no pienses, actúa, y del sueño al por mayor. También hay otra razón: el error sería total porque el número de votos del primer año supera el 95% de los totales. Dicho todo esto, pasemos a analizar el resultado.

Se irgue como ganadora la tercera opción, aquella que dice que sólo el espontáneo es libre, aquella que propone el caos, aquella, en definitiva, que fascina. El hombre actual, según han votado ustedes, procura buscar su libertad en la emoción estática y en la amplitud de puertas capaces de traspasar. Sólo se acepta abrir una puerta si se deja el pie para que no se cierre, y ay de aquél que quiera abrir la siguiente puerta pues aquí no hay palos con los que trabar el cierre de la anterior. El traspaso de puertas te encierra en salas cada vez más angostas y el avance se traduce en prisión. El gris oficinista mil veces retratado en la televisión es un convicto comparado con la persona que hace unas semanas me robó la antena del coche, valiente espontáneo él. En fin, vayamos con la nueva encuesta, la cual tratará de ser un castigo a todos aquellos que votaron por la opción “sólo el espontáneo es libre”.

¿Qué tres cosas se llevarían a una isla desierta? La pregunta más famosa del mundo, la más formulada, la que siempre termina en respuesta ocurrente. Les ofrezco varias opciones y les pido que elijan 3 de ellas. Deberían organizar su macuto pensando en varios aspectos de su nuevo día a día: tendrán que comer, descansar, entretenerse, no volverse locos muy rápidamente y disfrutar muchísimo de la espontaneidad que podrán ejercer sintiéndose tan tan tan en libertad. Se supone que llegan vestidos, calzados, con gafas de ver si las necesitaran, que el clima es tropical, y que hay conejos. Que gane el mejor.

martes 12 de abril de 2011

Meras suposiciones sobre la familia real

Unos sonidos extraños llamaron la atención de los guardias de palacio que custodiaban la entrada a los aposentos de la reina. Se pusieron los monos acolchados, se colocaron guantes y máscaras, y entraron en la habitación de doña Sofía. La sala estaba a oscuras y la poca luz que entraba del pasillo no permitía a los guardias ver nada. Poco a poco sus ojos se amoldaron a la penumbra y divisaron una silueta. A cuatro patas la reina arañaba la parte de abajo de un mueble.

-Cuidado chicos, está ahí -apuntó Peláez, el guardia de más rango.

Los ojos brillantes de la reina se volvieron rápidamente hacia sus cuidadores. Tras dos aterradores segundos la felina silueta corrió despavorida a esconderse debajo de la cama.

-Está bien, avanzamos despacio y con los ojos bien abiertos, eh. Aguado, usted quédese en la puerta y vigile.

Los tres guardias llegaron a la cómoda donde la reina merodeaba hacía unos segundos. Había mucha sangre y tanto el suelo como el mueble mostraban arañazos recientes. Rodríguez arrastró su porra por debajo de la cómoda y sacó lo que la reina andaba buscando.

-Aquí Rodríguez. Todo controlado. A Sofía se le había colado la cabeza del venado debajo de la cómoda. La colocaremos en medio de la habitación y saldremos. Aguado, atento ahora a la puerta, que no se escape -dijo Rodríguez por el walkie talkie amarrado a su brazo.

Mientras avanzaban cautelosos hacia la salida, la reina, que había estado observando bajo la cama, salió al trote y agarró entre sus fauces la cabeza de ciervo. Se la llevó a la esquina más oscura de la habitación y comenzó a roerla. Los guardias salieron de la sala y se volvieron a poner los uniformes.

+

Tras leer el informe de los guardias de palacio el señor Calero, responsable del área de nutrición, fue a ver a Juan Carlos. Caminaba por los pasillos apresurado por la situación y musitaba las frases con las que comunicaría sus preocupaciones al rey. Una vez ante su puerta, Calero se colocó el nudo de la corbata, se aclaró la garganta y pulsó el timbre. Tras unos segundos escuchó el mecanismo de apertura y empujó la puerta.

-Calero, ¡mira! -gritó excitadísimo el rey, mientras señalaba dos líneas blancas que serpenteaban por todo el suelo de la sala.

-Vaya, esta vez se ha superado, alteza. ¿Ha usado la cocaína que le trajeron esta mañana o se ha acordado de lo que le dije, que tiene un saco de la semana pasada en la hoja izquierda del armario?

-¡Pero que no te estás fijando!, ¡mira!

-Sí, sí, muy bien hechas, rectitas y uniformes. Pero antes de nada quisiera que me concediera un minuto para comentarle una situación referente a su esposa.

-¿Qué sucede Calero?, que eres un coñazo. A ver chavalas, ¡carrera! -Dos prostitutas se levantaron de la cama y cogieron sendos canutillos.

-Pues que está comiendo mucho y estoy preocupado. Del ciervo que le dimos esta mañana ya...

-¡En sus puestos! -las dos prostitutas se colocaron agachadas delante de cada una de las dos rayas- Siga Calero, coño, siga.

-Le decía que del ciervo de esta mañana ni rastro. Y ya sabe usted que normalmente, y en esta época del año, un ciervo le puede durar casi tres días.

-No me irá a decir que no hay más ciervos en los montes de El Pardo -preguntó Juan Carlos mientras se sacaba una pistola del bolsillo de la bata.- ¡¿Listas?!

-No es eso, su majestad, es que no es bueno tanta... -Calero vio interrumpida su frase al escuchar un disparo. Una prostituta comenzó a correr a tres patas sobre su línea haciéndola desaparecer a su paso.

-¿Y a ti qué te pasa? ¿No quieres ganarte la libertad? -le preguntó el rey a la otra prostituta. Cada vez más acalorado continuó- ¡¿No tienes espíritu de competición?! ¡¿No deseas tu manumisión?!

-Creo que le ha dado con el disparo, su majestad. Bueno, creo no, seguro. En la cabeza.

-Ya estamos otra vez con lo mismo. En fin. Y tú no sé a qué esperas, Calero. Esa chiquilla, la viva, te va a ganar como no te des prisa.

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Julián Sardina no estaba teniendo el mejor día. Siempre se odiaba a sí mismo la jornada siguiente a haber ido a buscar prostitutas por la calle. Hoy, además, la infanta Elena le había vomitado el desayuno en el coche de camino al trabajo de ésta. Como chófer de la familia real, Julián no se podía quejar, pues trabajaba poco y cobraba bien; pero había días. Había días, como el de hoy, con los que apenas podía evitar las lágrimas al recordar su querido Almendralejo natal. Se preguntaba qué demonios estaba haciendo aquí, limpiando babas, cometiendo delitos y aguantando tanta tontería.

Esa mañana, a Elena no le habían sentado bien los cereales del desayuno y su cuerpo tuvo a bien expulsarlos, junto a un nesquik medio digerido. No sólo había manchado el asiento del coche, también se había manchado la ropa. Afortunadamente, Julián, que se las sabe todas, llevaba en el maletero una muda para doña Elena. Estacionados en un parking cercano a la fundación donde trabaja la infanta, Julián tuvo que hacer de tripas corazón y cambiar a la señora de ropa. Elena, divertida y traviesa por la salida de la rutina, no había dejado de molestar durante toda la faena. Que si quitándose un calcetín cuando Julián le colocaba el zapato del otro pie, que si luchando para no meter el brazo por la manga correcta. Por lo menos media hora estuvieron aparcados.

Con casi una hora de retraso, el coche por fin se detuvo en la puerta del trabajo. Allí esperaba Carmelo, el secretario personal de doña Elena, preocupado por la tardanza. Julián se bajó a abrir la puerta y del coche salió corriendo Elena a abrazar a Carmelo. Éste, tras preguntarle a su jefa cómo había pasado el fin de semana, la subió a caballito y entraron en el edificio. En la oficina hoy sería un día especial para doña Elena porque en su alfombra de los juegos iba a encontrar muchísimos juguetes a estrenar.

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Eran ya casi las cinco de la tarde cuando a Felipe le sonó el teléfono. Era un mensaje de texto de su mujer, la princesa. Decía “ey, felip. kdamos oy?”. A Felipe no le había sentado nada bien ser despertado con semejante susto así que no respondió el mensaje y se volvió a dormir. Pasadas dos horas se despertó sudoroso e hizo llamar a su payaso psicólogo. Era payaso porque así lo deseaba el príncipe y era psicólogo porque así lo había aconsejado el médico real.

-Hola Felipe, ¿cómo te has despertado hoy? ¿Estás contento? -preguntó el payaso psicólogo al entrar en la habitación.

-No, me he despertado muy mal. Letizia me ha despertado hace un par de horas. Tengo sueño.

-Bueno, no te preocupes ahora por eso. Te traigo una sorpresa. Adivina qué es.

-¡¿Un oficio?! -preguntó entusiasmado Felipe.

-Mucho mejor: te he traído dos...

-¡¡Cállate payaso psicólogo!! ¡No quiero nada que no sea un oficio!

-¿Ya estamos otra vez con lo mismo? ¿No hemos hablado ya suficiente del tema? -dijo agotado el payaso psicólogo dejando caer los cascabeles de su gorro sobre la cara.

-¡Pero es que no lo entiendo! -sollozó el príncipe-, tú tienes un trabajo, la gente de la tele tiene un trabajo, ¡hasta mi hermana tiene un trabajo! ¿Por qué yo no puedo tener un trabajo?

-Y dale otra vez con el tema. Te lo he explicado cien veces. Tú no puedes trabajar porque vas a ser rey de España. A ver si con un ejemplo lo ves más claro: imagínate que la abeja reina de un panal tuviera que salir a recolect...

-Me dan miedo las abejas.

-Perdón. A ver, entonces, imagínate que una mamá pato decide ponerse a ser, qué se yo, fontanera. Se hace fontanera y se va por las mañanas a arreglar los lavabos de la gente y deja solos a los patitos. ¿Qué crees que les pasará a los patitos sin nadie que les cuide?

-Pero yo no soy un patito, yo sé cuidar de mí.

-Es que tú eres la mamá pato -le explicó el payaso psicólogo acercando la cabeza a la del príncipe y moviéndola hacia los lados.

-Que yo no soy un pato, gilipollas.

-Claro que no eres un pato, era un ejemplo. Tú eres el príncipe de Asturias, el que está llamado a ser rey de la nación.

Felipe se quedó pensativo unos momentos. Se colocó el pulgar bajo la barbilla, el puño sobre la boca y entrecerró un ojo. Le vino una idea.

-¿Y si no quiero ser rey? -preguntó firmemente Felipe.

-¿Cómo no vas a querer? Tienes que querer. Date cuenta de que eres el mejor preparado para ello. Toda una estirpe de grandes reyes te precede. La preparación y el talento para ser jefe de estado lo llevas en los genes. No ser rey sería como pedirle a un águila que volara sólo a tres metros del suelo. Además, está en la Constitución.

-¿Así que puedo volar? ¡Puedo volar! -se dijo a sí mismo el príncipe mientras corría con los brazos extendidos hacia la ventana-. ¡Como las águilaaaas!

El príncipe se tiró por la ventana y en el aire sonreía ingenuo a la vez que movía los brazos con ímpetu. Cuando parecía que se iba a estrellar contra el coche de Julián, Felipe por fin pudo controlar el vuelo y ascender velozmente hacia el cielo. A los pocos minutos en el aire ya había adquirido destreza suficiente como para hacer tirabuzones de medio lado. En tierra, todo el personal de palacio había salido a ver el espectáculo aéreo del príncipe, que se empezaba a gustar en esta nueva faceta voladora. Cocineros, guardias y servicio de limpieza gritaban extasiados con cada nueva pasada del futuro rey. Todos disfrutaban y reían ante la exhibición hasta que apareció una tanqueta del ejército. Detrás de los cristales manejaba los controles la infanta Cristina que derribó de un cañonazo al príncipe al grito de “¡viva la república!”.