No hay telón que descorrer y el escenario es tan inmenso que no se puede concluir que exista. No hay público ni maldita la gana.
Director y protagonista siempre coinciden. Se exige. La obra está más que ensayada, se borda. Se han repetido las escenas durante millones de horas, se repiten bajo las más variadas condiciones. Hay muchas tablas. No quedan nervios.
El horario de la función no se publica en guías de supervivencia cultural. No se actualiza ni se amolda a nada. Improrrogable. La actuación siempre empieza a en punto, demasiado pronto.
No se cobra más entrada que la obligación de no acudir. No hay necesidad de apuntador. El guión fue escrito por miles de plumas secas que, a base de raspar, han cincelado una obra sin nombre que no se aprende de memoria, sino con el cuerpo y los sentidos.
No hay tique. Tampoco hay folleto; sin duda éste se burlaría de grandes palabras y de grandes proyectos. Se burlaría de estrategias y de encorbatados representantes de la ignorancia, de aquellos que siempre ganan las partidas de juegos que sólo ellos entienden. Se burlaría de lo fácil y costoso que resulta lo importante y de lo enrevesado de lo fútil.
No hay camerinos ni maquillaje, no hay focos ni cañones. La luz ni se acota ni se dirige. Llueve luz que empapa. Entre actuación y actuación se repasa el texto; hay hogar.
Las ovaciones no llegan como aplausos. Los críticos, ahora sí, muestran humildad. Los autógrafos esconden estafas. El artista cobra de manera bella y devuelve el salario en vida.



3 comentarios:
Grande.
Lo siento, intenté resumirlo más pero parecía un telegrama.
(gracias)
Me ha dejado usted sin palabras. Déjeme volver a leerlo...
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